La historia de Heve Gianeccini, conocida por todos como Pichona, está íntimamente ligada a los perros. A los perros de la calle, a los abandonados. Su casa es la Sociedad Protectora de Animales de Correa, donde convive con 87 perros, 25 perros y 18 gatos y gatas.
Un día de ella es muy particular: se levanta a las siete de la mañana, toma los primeros mates del día y, una hora después, se sube a la Zanellita 50 y comienza la recorrida por el pueblo en busca de comida para los perros.
No vuelve hasta el mediodía, cuando es recibida ruidosamente por más de cien gargantas que ladran desaforadamente a modo de bienvenida. Responde a las muestras de afecto, se toma un tiempo antes de ingresar a la casa para recorrer los 10 caniles en que están separados los animales.
Después del reencuentro, se sumerge en su cocina para almorzar. No tiene tiempo para la siesta. Ni bien termina de comer, vuelve a tomar contacto con los perros, esta vez para revisar si alguno de ellos necesita algún tipo de atención médica. Alrededor de las tres de la tarde, tiene una de las tareas más importantes, les da a los perros y a los gatos la ración de comida del día. Cuando termina de repartir las raciones, se toma un descanso y se sienta a un costado para verlos comer. Después llega el turno de limpiar, de colocar vacunas u otro tipo de curaciones en el caso de que sea necesario. Antes del atardecer, llegan sus amigas y compinches en el trabajo, Susana Morisi (41) y Sonia Avoledo (35), y junto a ellas repasa la situación de la Sociedad Protectora de Animales y comparte su segunda tanda de mates del día. Poco después de las siete de la tarde, prepara el fuego y el tanque de 200 litros donde hace la comida para el día siguiente. Allí mezcla polenta, sopa, verduras, pan. Aparte, hace otra comida con arroz para los perros cachorros y para los gatos. Cuando termina, ya es de noche. Entonces vuelve a la casa, donde comparte con algún animal, que figura en su lista de preferidos, la cena, mira algún programa de televisión y toma un café antes de irse a dormir.
Pichona repite este ritual desde hace 15 años, desde 1985, cuando se creó la Sociedad Protectora de Animales de Correa. A lo largo de ese tiempo, ha logrado una comunicación y una relación con los perros que es «imposible de explicar». Quizás Pichona tampoco tenga una respuesta, ya que se encoge de hombros cuando se le pregunta cómo comenzó todo esto. Desde la infancia, Pichona sintió una atracción compulsiva hacia los perros. Cuando vivía en casa de su madre, con sus dos hermanos y su hermana, solía volver de la calle con algún perro en brazos que había encontrado abandonado. Así, después de algunas resistencias, logró tener en su propia casa más de una docena de perros. Esto no fue un capricho de nena, no se modificó, se mantuvo a lo largo de los años, incluso hasta el día en que se mudó a la Sociedad Protectora de Animales y se trajo con ella unos 11 perros.
Pichona es una mujer tranquila, de gestos simples. Su cara es transparente, no tiene allí ningún rasgo de maldad. Para ello basta verla cuando habla de los perros y gatos con los que convive o, simplemente, preguntar a cualquiera en las calles de Correa por ella. La gente del pueblo habla de ella muy bien, con cierto agradecimiento por su servicio a la comunidad y por su bondad. Y la retribuyen. «Cuando salgo a buscar comida para los perros, encuentro una buena respuesta. Todos, algunos más otros menos, dan su colaboración. También responden cuando hacemos rifas o cenas para recaudar fondos y agrandar o mejorar las instalaciones donde viven los animales», cuenta.
Al referirse a los perros, aclara inmediatamente que «todos son raza pichicho» y dispara una frase para identificarlos: «Son más de 100 almas abandonadas y más de 100 historias distintas». Efectivamente, cada uno de los animales tiene nombre y ella se anima a nombrar a casi todos.
Ella resalta que los perros «son muy leales y muy cariñosos», pero no se olvida de que a veces tiene que intervenir a los escobazos para separarlos cuando se trenzan en una pelea o cuando prenden algún gato distraído que se mezcla en los caniles de los perros. «Hay perros que son patoteros. Acá, por ejemplo, el más bravo es Cilindro. Ese sí que es patotero, lo tengo que tener controlado de cerca y atarlo cuando salgo a la mañana porque es peligroso con los demás», cuenta Pichona, quien inmediatamente recuerda una anécdota que tiene a Cilindro como protagonista: «Un día, cuando volvía del pueblo, veo desde lejos a Cilindro que se había soltado y estaba parado en la calle, en la puerta de entrada. Yo pensé chau, no quedó ningún gato vivo. Me iba acercando y miraba al costado del camino para ver si encontraba algún gato muerto. Cuando llego, miro para arriba y estaban todos los gatos apostados en hilera sobre el techo de la casa, como haciéndole pito catalán a Cilindro».
Con tono desafiante, Pichona dice que se anima a contar la historia de cada uno y se promete «algún día escribir un libro». Para que no queden dudas, cuenta por qué Prisionero se llama así: «Resulta que este perro apareció un día frente a un comercio y paró en la puerta con postura de guardián. Tanto era así, que cada uno que agarraba la manija de la puerta recibía un tarasconazo. El dueño del local se quejó a la policía y lo vinieron a buscar. Se paró en la puerta de la comisaría y hacía lo mismo con cada uno que quería entrar. Me llama el comisario y me pide que lo vaya a buscar. Pero la moto se rompió y no pudimos ir en ese momento. Entonces lo metieron en una celda, donde se pasó unos cuantos días. Cada vez que iba al pueblo yo le llevaba comida. Finalmente, a la semana, fuimos a buscarlo y lo trajimos».
Si quiere, puede hablar horas sobre sus chicos, como los llama a veces ella. Pichona es así, reconocida y querida en todo el pueblo por su bondad y por el servicio que presta a la comunidad. Toda una vida dedicada a levantar perros abandonados en la calle y darles un refugio.
